SIN ANCLAJE

Cualquier lugar representaba una amenaza dadas las circunstancias. No tenía ni patria ni bandera. Se movía entre los días como un veraneante accidental .

Su ánimo quedó sepultado varias semanas atrás, la noche del adiós sentimental, cuando sonaba una canción de Dylan a las cuatro de la madrugada , mientras un cigarro se consumía entre los dedos de esa que se marcharía al alba, enamorada, pero incapaz de comprender al hombre que ahora debía abandonar.

Ella se marchaba con la duda de saber si la buscaría entre la multitud a veces silenciosa de las calles, o si acudiría a otros labios que supiesen a ginebra. Si la leería en los poemas de su juventud, o si la recordaría en las largas noches del invierno. Solo sabía que lo quería. Era un sentimiento envolvente que colonizaba su cuerpo y sembraba dudas en el alma. La suya había sido una historia maltratada que solo un gesto drástico podría arrinconar.

Así fue como Lady Dickens desapareció entre gente corriente subida a sus caros zapatos de diseño, mordiéndose el labio con la única compañía de lágrimas sin precio.

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