CLARO-OSCUROS

Hacía calor para la fecha que era. El año pasado por este tiempo, ya tenían temperaturas más suaves.

De camino al museo pensaba en el chico francés de las gafas de pasta. En lo encantador que le parecía, y en lo mucho que le costaría volver a confiar en un hombre, aunque fuese tan encantador como lo era él.

No había demasiada gente en el museo. No le gustaban las aglomeraciones, por eso siempre buscaba una hora temprana en sus visitas a las pinacotecas, o a cualquier lugar donde supiese que podría concentrarse un llamativo número de personas.

Éste espacio le era bien conocido. Se encontraba protegida allí. No había en él elementos adversos que trastocasen su estabilidad emocional. Hacía suyo todo lo que sentía entre aquellas paredes. Las emociones que le suscitaban los cuadros, y hasta el placer que podía llegar a sentir en muchas ocasiones.

Además de admirar los cuadros, le gustaba observar la reacción de la gente ante ellos. Sus expresiones faciales, los gestos corporales, y hasta el parpadeo inconsciente.

Le gustaba evaluar el nivel de satisfacción de los demás, haciendo una comparativa en relación a cómo ella se sentía. Disfrutaba mirando, imaginando y calibrando las sensaciones ajenas.

Y de repente se alejó de allí. Su pensamiento voló a otro lugar. Al sitio donde sabía que se encontraba él ahora. Ya no le dolía, pero le era inevitable pensar en cómo se sentiría en aquellos momentos que seguro compartía con alguien. Alguien que ya no era ella.

Ella seguía sola, aunque tampoco eso le importaba, ya casi nada le hacía irritarse, porque casi nada le interesaba demasiado. O al menos no tanto como para llegar a enfadarse. Le daba a cada cosa su justa importancia. Se movía entre los días pensando solo en el instante que le tocaba vivir, sin anhelar el futuro, ni quedar atrapada en su pasado.

Ahora podía decir que había pasado página, aunque las de su novela aún estaban por escribirse, pero ni eso le preocupaba de modo exagerado. La inspiración estaba siendo esquiva, pero ella se mostraba tranquila ante aquella situación que en otras circunstancias le hubiese perjudicado, quizá más de lo necesario.

Igual ahora que había pasado algo más de tiempo y la herida parecía cerrada, aunque persistiese la cicatriz, volvería a ella todo lo que había perdido cuando se supo herida. Era cuestión de tiempo comprobarlo.

Ya nada volvería a ser como antes, pero un cambio aportaría una visión diferente a su modo de percibir las cosas. De hecho eso ya estaba ocurriendo, cosa que con seguridad se vería reflejado en su escritura. Un tono diferente se percibiría ahora en ella.

No era todo tan malo, pensó. Se despidió del retrato de Monet que cerraba la exposición, y salió a la calle donde de nuevo se vio sorprendida por la alta temperatura.

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