ORDEN EN EL DESORDEN

Era sábado por la tarde. Fuera llovía. Recordó los días de lluvia junto al chico irracional. Si no tenían nada que hacer, se quedaban en la cama hasta tarde disfrutando el uno del otro mientras fuera el agua empapaba la ciudad.

Con Beltrán esos días de lluvia parecían no serlo. Organizaba todo de manera que a ellos no les afectase. Desde que no estaba, esos mismos días eran días inhabitables.

Ahora la lluvia le recordaba a Cayetana los días en los que se había sentido desecha, apenada, vacía, desalentada e incompleta. Todas aquellas noches de lágrimas y desconsuelo descomunal habían pasado, pero quedaba la ausencia.

La desesperación hace aparición buscando como aliados al desasosiego y la angustia. Poniendo de manifiesto el tormento y el dolor indescriptible que siente el afligido en su melancólica soledad. El lánguido transcurso de las horas, recuerda al decaído que el tiempo corre en su contra si decide no levantarse, o a su favor, si quiere lo contrario, pues el tiempo sana al triste luchador o acaba con el nostálgico vencido.

Como Cayetana era fuerte, quería dejarlo todo atrás. Por eso esa lluviosa tarde, en ausencia del chico irracional, del chico del Norte y de Beltrán, decidió ponerse a revisar la caja de documentos que recuperó del piso de casada, y que jamás había vuelto a abrir desde su apresurada huida al Norte.

Y la tarde que era desapacible se volvió un poco más luminosa cuando encontró el contrato de adhesión a la sociedad y un mapa de algún lugar que no sabía que existía. Y aún quedaban muchas cosas que desconocía y que sabía que debía conocer.

Cada vez que se acuerda del que fue su marido, algo se le remueve por dentro. Es un sentimiento de significado contradictorio que le hace recordar lo amargo de la ausencia. Tú intentas dejarlo todo atrás, pero siempre queda un cabo suelto de ese horrible entramado que te envuelve, que envuelve tu alma, que te enreda y te abraza tan intensamente, que casi te puede asfixiar si dejas que te rodee.

De repente Cayetana se siente angustiada, le falta el aire, su respiración es entrecortada, abre la puerta de la terraza y sale al balcón del ático precipitadamente. Se acerca a la barandilla, la agarra con fuerza y mira hacia abajo, toma aire, llena los pulmones, siente un cosquilleo en los pies, esa sensación de cuando te encuentras ante un precipicio que a la vez se presenta ante ti como la salvación y el descanso. Y te preguntas qué pasaría si te atrevieras a tirarte. Ese pensamiento de alcanzar la despreocupación definitiva es el que le ronda a Cayetana en la cabeza hasta que su móvil suena, y el timbre del aparato le saca momentáneamente de su ensimismamiento, devolviéndola a la realidad. Esa que ahora le resulta más amenazante que nunca.

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